Desde el río Moldava se ve a lo alto un Castillo, y no es uno cualquiera. Además de ser el más grande de Europa, es por donde han pasado todos los personajes de República Checa, ex Checolovaquia, y ex Reino de Bohemia. Desde todos sus reyes hasta Hitler. Y desde donde hoy gobierna el presidente.


Es así que ir caminando por las calles de Praga es como ir haciéndose eco del pasado. Sus calles, edificios, esculturas hablan, y sus habitantes aunque sean de pocas palabras también. Y ¿por qué digo esto? Sí, son fríos y secos, tanto que parecen malhumorados. Pero claro, es que han sido tantas veces invadidos, traicionados que continúan sintiéndose de la misma manera con las lenguas extranjeras, y cuánto les cuesta confiar.
Pero si hablamos desde otro punto de vista, hay que decir que Praga es bella y auténtica, quizás porque sus calles y edificios siguen de la misma manera que hace miles de años atrás, ya que fue una de las pocas ciudades que se salvó de ser bombardeada durante las guerras.
Hoy es Patrimonio de la Humanidad, declarada por la UNESCO, con lo cual no la pueden reformar, sólo restaurar.


Desde su ciudad vieja se puede llegar caminando al Barrio Judío, donde quedan algunas pocas mezquitas, y se encuentra el cementerio. Su ciudad vieja es como ir en un cuento, perdiéndote entre calles de adoquines y casitas de colores, hasta que siempre te descubrís en la Plaza Mayor, con su Iglesia de fondo y su famoso reloj ancestral. Conociendo obras de David Černý, Franz Kafka y reviviendo las historias de Sigmund Freud y hasta Jan Neruda, entre otros.
Es así que durante el día, pasear por las calles de Praga, con un Trdelník, dulce típico, me parecía un viaje al pasado. Encontrarme con tanta historia por descubrir era un desafío. Cruzar el río Moldava por el Puente de Carlos IV, el cual se empezó a construir en 1357, y que tiene 516 metros de largo y observar cada una de sus 30 estatuas develando un misterio, me tenían impresionada. Pero más boquiabierta me quedé cuando me contaron que la fecha y hora de inauguración fue determinada por Astrólogos y Numerólogos. Además, cuenta la leyenda, como muchas que hay en la ciudad, que se usaron huevos y leche en la mezclas del cemento de aquella época para endurecer las piedras.
Con mi bolsa blanca, vieja y destiñida, la cual uso como si fuera una mochila, continué caminando por los barrios que este puente tan visitado conecta. Como el barrio de Malá Strana, conocido como la Perla del Barroco. Un lugar histórico que comunica con el Castillo, a través de muchos palacios, edificios bajos de colores pasteles, y calles de adoquines. Considerado uno de los barrios más bonitos de Europa, y sí que es hermoso.

Llegó el sábado a la noche y decidí caminar todas estas calles, hasta subir la cuesta camino al Castillo, pero antes me encontré con un antiguo Monasterio, desde donde las vistas de la ciudad iluminada eran bellísimas, cúpulas, puentes, el río, y la luna de llena para terminar de adornar semejante pintura real. Entré y era un Monasterio versión Taberna con cerveza artesanal. Y aquí comenzó un mundo de descubrimiento y conocimientos. La cerveza negra no me gusta, pero me dijeron que la que ellos producen tenía que probarla sí o sí, era hecha ahí mismo, liviana y sin aditivos, muy natural. Acepte, me la sirvieron con bastante espuma y comencé a escuchar lo que tenían para contarme.
Se dice que los Checos son los bebedores de cerveza por excelencia, los que más toman en el mundo, algo así como unos 180 litros por persona al año. Pero lo que más me gustó fue entender ciertos rituales alrededor de ella y la leyenda de cómo nació ésta bebida.

Se comenta en las calles de Praga que alrededor del Castillo vivía un señor llamado Gambrino, el cual no era para nada agraciado con su belleza, ni su estado físico. Dicen que era feo y con cara de malo, y muy gordo, pero de un corazón enorme. Resulta que éste señor estaba completamente enamorado de la princesa Filandrina. Así que cuando ella hizo un baile en el castillo, Gambrino se vistió y asistió. Llegó, sacó a bailar a Filandrina y le declaró su amor. Pero ella lo echó de mal modo diciéndole que era una persona fea. Gambrino se fue muy triste, con intenciones de suicidarse, pero cuando estaba por cometer este acto se le apareció el diablo. Todo vestido de rojo, le dijo que él lo podía ayudar si firmaba El Pacto. Así que desesperado por el amor de Filandrina le dijo que sí. En unos segundos el diablo lo vistió elegante, le dio un cuerpo hegemónico y lo perfumó. De ésta manera se dirigió otra vez hacia el castillo, entró a la fiesta en busca de Filandrina y le declaró nuevamente su amor. Ella se sintió atraída, le gustó su perfume, se comenzó hacer la interesante hasta que le quito la máscara que él llevaba. Su cara seguía siendo la misma, así que se volvió a enojar y lo echó a los gritos. Gambrino se retiró nuevamente decepcionado.

Estando muy triste se le apareció el diablo quién le preguntó qué había pasado. El Rojo le dijo que se había olvidado de cambiarle la cara, pero que tenía otra solución si volvía a firmar otro Pacto. Gambrino ya muy decepcionado, aceptó. El de la cola roja le dio una receta y le dijo: “ve a tu casa y haz esto”. Gambrino sin entender pero sin más remedio, fue a su casa, mezcló todos los ingredientes, los probó y le gustó. De a poco le comenzó a dar a sus vecinos y amigos. A todos les empezó a encantar, pero más les gustaba tener una sensación de embriaguez. Así fue que Gambrino comenzó a vender cerveza, a emborracharse, disfrutar y brindar con todos sus amigos y a llenarse de plata. Cuando se volvió famoso y millonario por crear la cerveza, un día tocaron el timbre: era Filandrina, pero él no la reconoció y la echó.
Así es la leyenda que los Checos tiene sobre como nació la bebida número uno a nivel mundial.
Pero no termina todo aquí, porque saboreando mi birra negra, aprendí más curiosidades. Como por ejemplo el ritual a su alrededor.
Al brindis lo tenemos muy naturalizado, pero alguien se preguntó porqué lo hacemos o dónde empezó. Y la verdad es que al menos yo no lo había hecho, me encanta brindar pero no sabía que su origen se remontaría a demostrar un acto de confianza. En épocas remotas, donde los hombres se juntaban a tomar pertenecían a distintos grupos políticos, eran tiempos de guerras, batallas y demás. Entonces en esos encuentros de tabernas, chocaban con gran fuerza sus vasos de litro de cerveza, que eran de madera, para que la bebida se pase de un vaso al otro. ¿Por qué? Para saber que no se habían puesto veneno en ella y que cada uno podía confiar en la cerveza que se habían servido.


Además, los Checos luego del brindis, apoyan la cerveza en la mesa, al igual que los españoles. Pero aquí tiene otro significado. En años de persecuciones nazis y comunistas, muchos de ellos eran estorcionados para que contaran lo que se hablaba durante los encuentros. Entonces en esas juntadas, luego del brindis si alguien no apoyaba el vaso significaba que estaba siendo perseguido para delatar. Y con éste gesto daba a conocer a sus amigos que no contaran nada esa noche y así protegerse.
Por otro lado, a éste pueblo le encanta la cerveza con mucha espuma, y según ellos deben acabar el vaso antes que la espuma también se termine. Porque de lo contrario le cambian las propiedades, el sabor y ya no es tan buena. Así que aquí nada de quedarse media hora con un mismo vaso de birra y sin espuma.
Me fui muy contenta del Monasterio y con muchas historias más y sobre todo increíbles leyendas. Pero saliendo me dijeron: “¡Ojo con el duende Klepáček que anda en las noches! Si te tropezás es él, que le gusta hacernos caer cuando volvemos a casa luego de una cervecita”.

Me habían advertido que Praga era un viaje de ida, que me cuidara, porque es una ciudad que enamora. No será para tanto, pensé. Y creo que sí lo fue.
¡VOIVODA! Con esta palabra brindan los Checos, que significa libertad. Una libertad que buscaron tantas veces, tantos años y a través de infinitas manifestaciones, como en la Revolución de Terciopelo, entre tantas otras. Y que finalmente lograron en 1993 convirtiéndose en República Checa. ¡VOIVODA POR SIEMPRE!
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