El trabajo más antiguo del mundo está en Polonia

Qué curiosidad me genera en sí el nombre Polonia, más allá de la intriga que me da como país. ¿Y sus habitantes? Más de una vez escuche decir que los polacos están todos locos. ¿De dónde lo sacamos? Aunque con la historia que tienen no será para menos, imagino.

-Breslau está a cinco horas de Berlín. ¡Vamos ahí!- me dijo él.

-¿Dónde? Dejame ver- respondí.

Wrocław en inglés o Breslavia en español, la tercer ciudad más importante de Polonia.

-¡Suena interesante, vamos!- asentí.

Tres días es bastante para conocer esta ciudad, aunque tiene tantos detalles, historias y particularidades que el tiempo no parece ser suficiente. Por ejemplo, cómo te explico que la última noche me di cuenta de que la gente toma mate y que hasta figura en la lista de algunos bares como bebida. (Me explotó el cerebro). Te sirven el mate con bombilla y la yerba dentro, con una pava pequeña y pintoresca. Pero eran las once de la noche y preferimos hacer honor a los polacos y probar vodka.

De viaje al pasado.

Si un niño te dice que quiere ser farolero, ¡no te rías! Aquí todavía existe esta profesión y es cosa seria. Parece que hay tres ciudades en el mundo donde continúan en pie de la misma manera que en 1800. En Zagreb, Croacia, Brest, Bielorrusia, y aquí, en Ostrów Tumski, en la isla donde se encuentra la Catedral de Breslavia. Para que en nuestras cabezas no sea solo un mito, había que comprobarlo. Así que a la hora del atardecer nos fuimos a esperar a la puerta de la Catedral, desde dónde supuestamente el farolero empezaba su trabajo. Nos sentíamos como en una aventura, como ir por un rato a vivir al pasado, a esos años locos y duros del 1850.

Como en 1850 el Farolero comenzando su trabajo.

Eran las 5.15, comenzaba a lloviznar y el cielo a oscurecer, sin mencionar el frío de mediados de febrero. ¿Será acá? Bueno, estas farolas no están encendidas todavía. ¿Y si se enfermó y hoy no trabaja? ¿O si el farolero se quedó dormido? ¿Será verdad esto? Todas estas preguntas y más eran las que nos estábamos haciendo. Hasta que diez minutos después, a las 5.25 empezamos a ver que venía una persona con capa negra, sombrero, y con una especie de palo largo en su mano. (Puff, se hizo la luz).

Finalmente, estábamos presenciando la supervivencia a la modernidad y contemplando una tradición legendaria, donde éste chico, que tendría unos 26 años, iba prendiendo las 103 farolas de gas del casco antiguo de Breslavia, los 365 días del año.

El farolero llevaba una especie de caja que sería un cartucho de butano escondido discretamente debajo de su capa, desde donde salía un cable conectado al poste para así encender las lámparas y un accesorio en forma de gancho para apagarlas cada mañana.

Desde que llegó a la Catedral no fuimos los únicos en aproximarnos a él para ver cómo hacía su trabajo, habría unas 15 personas más. Claro que algún que otro niño se le acercó a saludarlo. No era para menos, no son profesiones fáciles de ver, hasta yo quería interrumpir su trabajo y hacerle miles de preguntas. Por tres cuadras lo fuimos acompañando mientras iba prendiendo las farolas de cada lado de la calle. Luego que la gente tuvo su foto inédita se fueron yendo y el farolero quedó solo haciendo su trabajo.

Me imaginé en ese momento que la fama y otras tantas cosas de la vida eran un poco así. Al principio del camino, todos quieren tu mano, la foto, el saludo, ¿y luego? Quedas solo, a seguir el propio camino. Y al farolero con su capa negra y larga para ese entonces le quedaban más de la mitad de lámparas por encender en su propia soledad bajo la lluvia. Así que nos miramos y dijimos: —vamos a acompañarlo un poco más.

Breslavia tiene más curiosidades, como sus miles de gnomos que deben ser encontrados, sus once premios nóveles (uno de ellos cavó sin saber su propia tumba), todas sus islas, luces de neón. Es una ciudad sin generaciones, y es el sitio donde raramente la Segunda Guerra Mundial había terminado, y sin embargo, aquí seguían luchando.

Pero todo esto espero que lo leas en el próximo post.

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