Un viaje por el mundo: una cámara y un crucero le cambiarían la vida.

En 2017 era una mujer que se veía pequeña ante el mundo, estaba perdida, llevaba inocencia en sus ojos, no sabía bien lo que hacía. Era como una hormiguita con su mochila a los hombros frente a un barco monstruoso. Pero hoy, seis años después respira orgullo, se ve más grande, más segura, pero todavía con su niña interna intacta, divertida y su característica sonrisa. La misma sonrisa que siempre la ha salvado.

Erika Aghemo, 33 años, una aventurera y apasionada de la vida. Nació en Córdoba Capital, Argentina, donde vivió hasta que sintió que era la hora de partir y cruzar fronteras. Pero lo que no sabía era que el viaje la iba a poner cara a cara con su ego. Porque como suelen decir: uno viaja escapando para poder conocerse a uno mismo.

En el fondo: el Gran Crucero que la llevó a conocer el mundo y aprender Inglés entre otras cosas.

“Siempre desee viajar, desde que tengo uso de razón, pero en realidad siempre me quise ir de casa, pero eso es algo que uno se da cuenta mucho tiempo después de que se va”, contó Erika mientras preparaba su almuerzo en su casa de Perth, Australia, y recordó que cuando era chiquita juntaba fotos e historias de revistas, en especial de Estados Unidos y las pegaba en un cuaderno. Pero estos sueños luego quedarían dormidos y pasarían a ser utopías. Ya que después de terminar el colegio empezó a estudiar, pero no pudiendo concluir ninguna carrera.

DESCUBRIRSE

“Me gustaba la música, pero de eso me iba a cagar de hambre, bueno, eso es lo que me decían. Entonces pensé en Traductorado de Inglés, luego me pase a Arte, y finalmente termine en Fotografía”, expresó quien ahora estudia Chef. El tener un título no era la única razón por la cual su sueño de viajar había quedado en ese cuaderno con fotografías de revistas, juntando polvo debajo de la cama. Conoció el amor y desde los 17 estuvo de novia. “Con mi ex-novio siempre decíamos que nos queríamos ir de viaje. Pero para mí era un tema de dejo todo y me voy a viajar, y para él era diferente. Viajar a tal lugar y volver porque tenía miedos, como: qué hacemos con el auto, la casa, las cosas. Entonces siempre era un proyecto al año que viene y así pasaba el tiempo”, contó Erika mientras en su casa pone a prueba sus dotes de Chef en una tarta de verduras, antes de irse a trabajar al restaurante.

Luego de muchísimos años la relación empezó a tambalear y se dio cuenta que era hora de volver a despertar aquella niña con sueños de ser aventurera. Y por fin, sacar el libro de fotos y quitarle el polvo. “Me dije: si esta relación continua voy a tener 40 años y yo le voy a caer un día diciéndole que no me fui de viaje por él y no iba a ser su culpa porque era una decisión mía”, recordó así, aquellos difíciles momentos que sin saberlo, le abrirían un abanico de posibilidades, aunque no sería nada fácil. Y agregó: “Corte, me hundí en la depresión, no tenía trabajo. Pero apareció un profesor que daba workshops y quería hacerlos conmigo. Di un workshop y me cruce con gente muy linda, mientras yo estaba muy rota. Me volvieron a revivir el alma y me ayudaron a darme cuenta que me tenía que mover”.

EL DESTINO

Como pequeñas señales que aparecen en la vida que nos ayudan a seguir por el camino deseado, pero por ese mismo que nos atormenta, fue que Erika se ganó una beca para un programa de estudio con Mayra Martell, fotógrafa que documentó la desaparición y muerte de mujeres en la ciudad de Juárez. “Fue súper raro, porque no estaba calificada para tener un curso con Mayra Martell. Finalmente lo hice y recuerdo que ella me decía: ‘lindas fotos pero no puedo ver tu reflejo, no puedo ver quién sos, salí de esa zona’. Me mandaba a sacar fotos con una cámara de juguete y volvía a mi casa llorando porque me tocaba a donde más me dolía, porque era el espejo de que yo no estaba mostrando quién era”, rememoró Erika con emoción mientras saltea las verduras en el wok y agregó: “Ella me cacheteó en la cara, fue un: quién sos, que querés hacer, ella me ayudó a encontrarme”.

En este proceso de duelos, de hallarse a ella misma, fue donde la Cordobesa revolvió bien dentro suyo, en su esencia, y recordó ese cuaderno de viajes que ella misma había creado. Ya no juntaría más polvo, era hora de que esos sueños salieran a flote. Pero todavía necesitaba un empujón más. Fue durante una sesión de Reiki que soñó que jugaba con un barco muy grande, una especie de crucero. Cuando se despertó, la Reikista le aseguró: “Vos te vas a Inglaterra”. “Y yo le dije que no, que a lo sumo me iba a México. Al otro día me llega un email que decía: ¿Querés trabajar en un crucero?”.

EL PRIMERO DE MUCHOS PASOS

Casualidades o destino, llamenlo como quieran, Erika cada día tenía más señales para empezar a cumplir su sueño de recorrer el mundo. Con muchos miedos e incertidumbres, ya que no hablaba inglés y no había terminado la carrera, decidió aplicar con un click a esa invitación por email. Pero lo hizo a escondidas por miedo al fracaso. “Solo le conté a mi amiga Gabi, quien me llevó a las entrevistas. La última fue con una mujer a través de una video llamada desde Inglaterra. Tuve la gracia divina de que la conexión era muy mala. Me preguntó información sobre cámaras y yo en mi básico ingles le contestaba, pero la comunicación se cortaba todo el tiempo y entonces ella dijo: ´bueno, ya está, se nota que sabes´. Así, quedé seleccionada”, contó con risa lo que hoy es una anécdota. Ese mismo día le avisaron que debía sacar visas para diferentes países donde el Crucero iba ir haciendo paradas, mientras tanto seguía sin decir nada en su casa. Pero a la semana le comunicaron, como ya se lo habría dicho la Reikista, que su vuelo salía en 15 días hacia Londres y ahí no le quedó otra que dar la sorpresa.

“Llegue a Inglaterra luego de 17 horas, estaba entregadísima, tenía muchísimo miedo pero decía: dámelo todo. Había una sensación de qué bueno lo que estoy haciendo pero tenía mucho temor”, recordó Erika quien pensaba que luego viajaría por Europa para después volver a Córdoba. Porque “yo nunca me fui de Argentina por problemas económicos o de inseguridad, me fui porque quería viajar porque era necesario para mi”, agregó.

Una vez que se animó a viajar, no paró. Llegó incluso hasta Islandia, donde vio las auroras boreales.

SIEMPRE SE SONRÍE

Claro que el irse para viajar era algo excitante pero no sería nada fácil para quién había estado mucho tiempo en compañía, en una relación de ocho años y con amigos muy presentes. “De repente me encontré sola, incluso al primer recital que fui estaba con melancolía y sabor agridulce, me sentía sola en todos los sentidos. Caminaba en la calle, no sabía ni pedir una hamburguesa en un bar, en el hotel me preguntaban : Do you want the receipt? Y yo lo miraba, era un acento que no había escuchado en mi vida, y entonces ellos también me miraban”, contó la morocha riéndose de ella misma por tantas anécdotas que hoy tiene para recordar. Y continuó: “De echo en el aeropuerto me hacían tantas preguntas y como yo no entendía termine retenida. Luego en el taxi para ir al barco el señor se me reía, y entendí que me decía: ¿pero vos qué haces acá sola, trabajaste antes en un barco? Y yo ni siquiera el mar había visto. Me apuntaba con el dedo y me decía ahí vas vos. Miraba y era una monstruosidad flotante de 15 pisos, era el barco mas grande de la flota. En ese momento pensé: Yo no se nadar, literal, me estoy subiendo a un barco a cruzar el puto atlántico y no se nadar. Pero ya estaba ahí, vuelta atrás no había y mas hundida no podía estar”, reveló entre risas mientras las verduras se le quemaron por la charla.

Cuando se mezclan muchos sentimientos como la soledad, el miedo, la incertidumbre, entonces uno se vuelve un poco tímido aunque no lo sea, como fue el caso de Erika. Pero siempre, casi como ley física son en esos momentos, cuando se presenta alguien que te va ayudar y no importa ni por qué, ni cuándo, ni cómo. “Ahí apareció uno de los coordinadores de fotografía que era brasilero y tampoco le entendía nada. Me dijo en ingles: Now we are going to the Caribean, y yo ¿qué?, pensé que me decía caravana y era Caribe. Hubiese preferido que me hablara en Portugués. Nadie hablaba español excepto Cristina, norteamericana de madre mexicana, quien me ayudó un montón y por suerte era mi compañera de cuarto. Ese día llegué y le dije no hablo inglés. Y ella: pero cómo que no. Así fue el comienzo, con sonrisa, que es lo fundamental, lloraba riéndome, pero sonreía siempre”, recordó.

Un recuerdo para toda su vida. Con su cámara, crucero y personas que se lleva en su corazón.

Finalmente la polifacética de Erika estaba comenzando a vivir su sueño, con tropiezos que a veces frustran pero que son muy necesarios para crecer. Así comenzaban sus eternas noches en el mar, donde las hubo serenas pero también movidas, porque viviría hasta un Ciclón, por lo que tuvieron que hacer parada obligatoria en Saint Martin. Mientras tanto ella continuaba perdida pero aprendiendo inglés, sacando fotos a los pasajeros, enseñándoles a ponerse salvavidas y dando inducciones en caso de peligro. Se iba soltando, dejando atrás los miedos y decidió dejarse sorprender, así que nunca sabía a donde iba, se bajaba del barco son su cámara fotográfica y ahí leía el letrero del país a donde había llegado.

Mientras la morocha Argentina iba volviéndose una bilingüe y conocía amigos de todo el mundo fue dándose cuenta de que su sueño se estaba cumpliendo, a pesar de que era difícil darle un cierre al duelo de haberse ido y dejado personas importantes en su ciudad natal. “ El crucero me abrió las puertas al mundo, a mi libertad y a entender qué es lo que quería, y lo qué no quería, que era volver a mi casa, a tener un trabajo normal y deseaba cosas nuevas, gente, lugares, de repente tenía amigos en Saint Vicent, en África, en el Caribe, en Estados Unidos, y quería seguir en esa”, expresó Erika.

Su curso de fotografía tuvo éxito. Copenhague, Dinamarca, donde vivió por un año.

SIEMPRE SALE EL SOL

Luego de haber trabajado en el crucero en Alta mar y estado en varios países e islas, Erika volvió a Inglaterra mucho más segura con el inglés, y comenzó a viajar. Se encontró con su mamá y su amiga, quien vivía en Dinamarca y decidió acompañarla al país nórdico por un año. Se instaló en Copenhaguen y desde allí los fin de semana libre visitaba otros lugares de Europa. Pero lo que ella todavía no se había dado cuenta es que a Argentina no iba a regresar.

Sin duda todas estas experiencias le trajeron muchísimos aprendizajes y experiencias que jamás olvidará. Al respecto dio un consejo: “Seguro que da miedo, pero hacelo porque no pasa nada, siempre va a aparecer alguien que te ayude, siempre vas a aprender hacer algo nuevo porque no te queda otra y lo haces, te acostumbras a cualquier situación. Un día vivís en un barco, el primero tenes mareo, al segundo sabes que tenes que poner gomitas en las cosas para que no se caigan. Y así, da miedo, pero estamos preparados para todo, no hay nada con que lo que no podamos, y más si es uno quién se esta tirando a esas aventuras”.

CONTINÚA.

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